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I am by nature a dealer in words, and words are the most powerful drug known by humanity. Twitter: @trujielena

jueves, 14 de julio de 2016

Hoy, voy a vivir

Eran las 00.00 h de la noche y Lucía estaba enfrente del ordenador cotilleando las novedades de Facebook de sus amistades (así las denomina la red social). De fondo, sonaba esa serie de televisión española que un día decidió ver pero que nunca ha conseguido captar su atención. Igual que muchas cosas más en su vida.

Hoy ha sido un día más. Como los otros. Ha trabajado seis horas en ese infernal supermercado. Ha “cerrado caja” con la satisfacción de tener cada uno de los centavos. Y eso es todo. Su única satisfacción. Su único momento de adrenalina del día.

Son muchas las ocasiones en las que piensa en cambiar el rumbo de su vida.

Le gusta imaginar como un día “cerrará caja” en el trabajo sabiendo que es la última vez que lo hará. Le dirá a su encargado que lo deja, que ella no está hecha para eso, que ella está hecha para vivir. Saldrá de aquel lugar que nunca más será su destino sin medir los pasos. Sin un rumbo seguro. Ese día conducirá de camino a casa, pero tomará una ruta diferente. Allí descubrirá nuevos paisajes, olores y sensaciones. Se fijará en aquel restaurante con tanto encanto que tiene la orilla del mar a pocos pasos, y se imaginará cenando allí con velas o sin ellas, pero sabe que no será sola. Ese mismo día, volverá a casa con mucha hambre. Con mucha hambre de comerse el mundo. Cenará junto a sus padres y su hermano pequeño y les informará de su nueva decisión. A partir de hoy, voy a vivir.

Al día siguiente madrugará e iniciará la búsqueda de su futuro. Hará eso que siempre ha querido hacer pero que nunca se ha visto capaz. Estudiará. Primero se sacará el Bachillerato y luego estudiará una carrera. Sí, va a ser veterinaria y ella sabe que lo conseguirá. Conocerá a cientos de personas. Muchos se convertirán en amigos, otros simplemente en conocidos. Bailará hasta el amanecer. Perderá la noción de las horas. Las noches se convertirán en día en solo un parpadeo.

Intentará aprovechar todas las oportunidades que la vida ponga enfrente de ella. Cumplirá su sueño de viajar a un lugar totalmente desconocido para descubrir cosas nuevas día a día. Vivirá durante un tiempo fuera de casa, fuera de su entorno. Aprenderá a valerse por si misma. Limpiará su propia casa, cocinará su propia cena. Llevará los vaqueros y las camisetas sin planchar, como a ella le gusta. Y las Converse sucias, que así son como se llevan.

Conocerá otras culturas. Tendrá amigos de todo el mundo. Descubrirá que las fronteras culturales no existen y que las personas más dispares son a la vez las más parecidas. Hablará otro idioma que no es el suyo. A veces sin saber qué dice, otras haciendo ver que no lo sabe.

Cometerá errores, grandes muy grandes, pero que le harán crecer como persona. Comprobará que los golpes más fuertes y perecederos son los más productivos para el futuro porque son los que definen a la persona.

Conocerá a ese chico. Se enamorará perdidamente y luego llorará por la ruptura. Se dará cuenta de que nada es permanente y de que hay vida después del primer amor. Gozará del placer de sentirse independiente. Aprovechará su soltería. Se sentirá libre. Más libre que nunca. Cuando menos se lo espere, justo en el momento en el que su vida esté más estable, aparecerá él. Entonces se enamorará, pero de verdad. Como en las películas. Comprobará qué se siente al estar enamorada. La pasión, la adrenalina, la rutina, la vida en pareja. La felicidad en pareja.

Será entonces cuando volverá a su casa para presentar a sus madres y a su hermano pequeño, que ya no será tan pequeño,  a su futuro marido. Se casarán en siete meses, justo después de que ella consiga su título de veterinaria. Descubrirá el placer de trabajar de lo que ama. Se despertará por las mañanas con entusiasmo. Mirará a su marido mientras duerme en la cama, desayunará y se irá a trabajar durante todo el día. Pero no le importará. Eso es la felicidad. Amará el placer de tener lo que uno desea. Será en ese momento cuando su marido y ella decidirán tener un bebé para hacerle partícipe de lo maravilloso que es el mundo. Pasará noches en vela sin saber qué es lo que pasa a su bebé. Sufrirá al verle llorar y disfrutará viendo cada una de sus sonrisas. Iniciará todos los días ansiosa por saber qué es lo que su bebé le enseñará de nuevo hoy. Su primera carcajada, su primera palabra, sus primeros pasos. Le verá crecer sin poder hacer nada para pararlo.

Un día caminando por su barrio junto al carro, pasará por  el supermercado. Mirará desde fuera, con disimulo y comprobará que todo sigue igual. Como si el mundo se hubiera parado allí, en su barrio, mientras ella viajaba a una velocidad orbital. Comprenderá que ella es la única capaz de acelerar y parar el mundo. Su mundo.

Abrirá los ojos y terminará su sueño. Cerrará la sesión de Facebook, apagará la televisión y se irá a la cama. Se ha hecho tarde y mañana tiene que abrir el supermercado a las siete y media de la mañana.

Y lo de empezar a vivir, ya lo dejará para otro día.



jueves, 9 de junio de 2016

Páginas en blanco

Lunes 23 de diciembre de 2013

Nunca me había enfrentado a una página en blanco. Esta es mi primera vez. Creo que nunca había hecho algo tan difícil. Por mi cabeza viajan miles de pensamientos y recuerdos que esperan ser plasmados en esta carta, y mi mano tiembla descontroladamente al escribir cada una de estas palabras.

Quizás te preguntes por qué me he decidido a escribirte esto. Por qué diantres ahora decido tocar la puerta de tu casa. La verdad, es que no se por donde empezar.
¿Sabes? Llevo mucho tiempo sin poder dormir. Cada noche, cuando intento desconectar del mundo, mi cabeza se hace siempre la misma pregunta…
¿Cuándo dejó de ser un juego?

Quizás te estés imaginando a la pequeña niña que fui hace ya quince años escribiendo estas líneas. Olvídate de esa idea porque ya no lo soy. Soy una mujer. Hace ya un tiempo que comprendí lo que eso significaba. Una mujer que asume la realidad y la observa desde la primera fila. Una mujer que está al tanto de todo lo que sucede a su alrededor, ya no solo para protegerse a si misma, sino para cuidar de toda la gente que le importa. Ahora que ya he aprendido a hablar perfectamente se cuándo utilizar cada palabra y cómo. Ahora que se andar he de caminar siempre hacia delante y sin tambalearme. Sin embargo, tu recuerdo me hace caer una y otra vez. El mirar hacia atrás me hace perder el equilibrio. Esa es la razón por la que he decidido escribirte hoy.

Ayer mi hija, y también tu nieta, pronunció su primera palabra; “Papá”. Así es como solía llamarte yo a ti… ¿Lo recuerdas? Para mí un padre es protección, apoyo, fidelidad. Es un hombro al que siempre puedes ir a llorar. Una ayuda permanente. Un amor incondicional.  Contigo aprendí a gatear, a dar mis primeros pasos, a pronunciar las primeras palabras. Junto a ti y a mamá viví momentos maravillosos.

Si en aquel momento de mi vida me hubieran preguntado cómo era mi infancia, sin duda alguna hubiera respondido que  “perfecta”. Mi madre trabajaba como enfermera en un hospital cerca de casa y gracias a ella nuestros ingresos eran buenos. Mi padre era fontanero. Me daban todo lo que quería, menos una hermanita… y mira que estuve mucho tiempo pidiéndola.
Las tardes las pasaba mayormente con mi padre, ya que mamá trabajaba. Él me recogía del colegio con la merienda preparada. Dos días a la semana me llevaba a la clase de ballet y el resto de días,  solíamos ir al parque donde solía intercambiar cartas de olor con mis amigas.  Luego llegábamos a casa, me duchaba y  esperábamos a mamá viendo la tele. El resto, tú ya lo sabes…Efectivamente, no era consciente de lo que sucedía. “Sólo es un juego”, repetías. Lo tenías fácil, muy fácil.


Durante los primeros años desahogaba toda mi rabia en el colegio. Mi actitud cambió radicalmente y así se lo hicieron saber a mamá en varios reuniones con mi tutora. Los primeros años quise hacer culpable a mamá de lo que sucedía. ¿Cómo no se puede dar cuenta? Pensaba… Luego comprendí que quizás también ella estaba cegada por tus encantos de marido y de padre perfecto. Algo por supuesto, que no eras, aunque sí te gustaba aparentar.

Estuve más de tres años, por lo menos esa es la época de mi infancia que más recuerdo, guardando ese secreto que nos unía. Un día me sentasteis en el sofá del comedor y me dijisteis que me ibais a dar la mejor noticia de mi vida. Por fin, iba a tener el regalo que siempre había querido: un hermanita.
Ese fue el momento en el que comprendí que el juego se había acabado. No sabía si lo que hacía papá estaba bien o estaba mal, pero lo que sí que sabía es que eso no se lo iba a hacer a mi hermana. No lo podía permitir por nada del mundo. Así se lo hice saber a mamá. Aun puedo sentir sus lágrimas recorriendo mis brazos mientras me abrazaba. Ese día fue el último que te vi. Cogimos las maletas y nos fuimos. Para siempre.

Tú no rechistaste. Asumiste la realidad y te diste cuenta de que habías perdido tu vida. Se que me querías, eso no lo dudo, y quizás todo lo que tuvieras fuera un problema. Nunca te he perdonado. Permíteme el derecho a no hacerlo. Rompiste mi infancia y una familia. Rompiste el corazón de una mujer enamorada que esperaba a su segunda hija. Lo peor de todo es que pusiste en cuestión el papel de una madre.

Ahora que yo tengo una hija he aprendido todo lo que sufrió mamá todo aquel tiempo. La impotencia que sintió al darse cuenta de todo lo que había estado permitiendo. Todo el daño que le hicieron a su hija. Se que ella aún se siente responsable de aquel hecho y esa es la primera premisa por la que mi corazón no asume el olvido.

A día de hoy me considero una mujer muy fuerte. Mamá me ha enseñado cuán importante es mantenerse firme para sostener los muros de nuestra vida. Creías ser más fuerte que nosotras y no sabes lo equivocado que estabas… Al final el débil has resultado ser tú.

Ni siquiera se si voy a ser capaz de enviar esta carta. Pero ahora mismo me siento mucho mejor. Mi mano ya no tiembla al escribir estas palabras. Si algo tengo claro, es que el juego ya ha terminado.

Soraya

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Miércoles 8 de enero de 2014
San Juan de Moró

Hola, hija

Recibir esta carta ha sido lo mejor que me ha pasado en estos quince años, en la que más absoluta soledad y tristeza se ha apoderado de mi vida. Me alegra que el  haber escrito esas palabras te hayan servido para desahogar tu rabia y  odio hacia mí. También me alegra que te decidieras a mandármela. Gracias.


Muchas veces he imaginado como sería el día, si es que llegaba, en el que me pedirías explicaciones. Soñaba con que aparecieras en mi casa, tocaras mi puerta y accedieras a hablar conmigo. Pero una carta es más que suficiente. No me merezco ni eso.

Me has planteado la pregunta más difícil que me han hecho nunca. ¿Cuándo dejó de ser un juego? Llevo más de dos semanas, desde que recibí la carta, pensando una  respuesta. Creo que no la tengo. Nunca la tendré. Un día dejé de verte como una niña y aún no se por qué.


Hice cosas terribles, imperdonables. Abusé de ti. De tu inocencia, dulzura y confianza hacia un padre. Te convencí de que todo era un juego para hacerme ver a mi mismo que no estaba enfermo. Que no era un puto pederasta amargado dispuesto a arruinar la infancia de mi hija, lo que más quería en este mundo. Lo que más quiero en este mundo.

Me doy asco a mi mismo.

¿Cómo diantres fui capaz de hacerlo? Arrebatar tu inocencia y dulzura porqué sí. Porque a mi me apetecía. No sólo te hice daño a ti, sino que tuve el valor de herir profundamente a tu madre,  el amor de mis sueños. La engañé y manipulé a mis anchas. Arruiné su vida de la noche a la mañana.

Durante ocho años te protegí, te apoyé, te fui fiel. Fui un hombro al que te podías apoyar para llorar. Te di mi amor eterno e incondicional. Contigo aprendí a ser padre, a ser responsable, a apreciar la belleza de los pequeños momentos. Junto a ti y a mamá viví la época más feliz de mi existencia. Por favor, nunca olvides esos ocho años en los que fui realmente un padre, en los que mi única misión era hacerte feliz.

Hoy me he enterado que aun lejos de vosotras, sigo teniendo un efecto negativo en vuestro día a día. También he descubierto que soy abuelo. Qué sensación más extraña.
Me hubiera gustado saber como está mi hija pequeña, a la que mamá y yo queríamos llamar Lucía. Ni si quiera se como se llama…Ni si quiera se como es. Solo se que es una afortunada por no haberme conocido.


Sigo preguntándome todos los días el porqué, cuál fue la absurda razón me llevó a convertirme en ese monstruo. Vivo en la más mísera oscuridad. Hace diez años que no me miro al espejo porque no reconozco a esa persona que aparece reflejada. Ni si quiera se quien soy. Ya no hay sueños, ni colores. Hace mucho tiempo que perdí la esperanza de convertirme en una persona normal.

Se que nunca tendré tu perdón aunque no perderé la oportunidad de decirte que lo siento. Lo siento. Daría lo que fuera por dar marcha atrás y caminar junto a ti de la mano a la salida del colegio.

Nunca vas a leer esta carta.
Es el único consuelo que me queda.
Que me olvides para siempre.

Atentamente,
Tu padre.


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Viernes 14 de marzo de 2014
Grau de Gandía

Allá voy. Natalia, mi psicóloga, lleva mucho tiempo diciéndome que  una de las mejores formas de desahogar mi amargura es plasmando mis sentimientos en un trozo de papel. Lo voy a intentar, aunque no soy muy buena con esto de las palabras.

No sé por donde empezar. Quizás por un perdón. Sí. Perdóname mi vida, mi pequeña.
¿Qué clase de madre fui? ¿Qué clase de madre he sido? Me hubiera gustado decirte esto hace tanto tiempo…

Me costó muchísimo tiempo asumir lo que estaba sucediendo. O mejor dicho, lo que había sucedido mientras yo estaba “tan” ocupada con mi trabajo. No recuerdo exactamente en qué momento la ceguera entró en mi vida. Fui tan incrédula. Creía ver perfectamente el mundo. Para mi todo eran colores vivos. Felicidad y alegría. Ni un solo gris, ni siquiera colores mates.



La realidad era muy oscura, tanto, que daba miedo. Quizás esa fuera la razón por la que tardé tanto tiempo en poner un pie en ella.

Estaba orgullosa de mi vida. Había encontrado al amor de mi vida y juntos habíamos creado la criatura más bella que jamás pude haber imaginado. ¿Sabes? Aún recuerdo el  día el que te pusieron en mis brazos en el hospital. Cuando tus pequeños ojos grises me miraron, supe que serías mía para siempre y que yo sería tuya. Siempre tuya.

Papá y yo teníamos trabajo e intentamos que tuvieras la mejor vida posible. Me encantaba mimarte. Si mi corazón hubiera mandando te hubiera comprado todo lo que me pedías en cada momento, aunque la razón de una “mamá” siempre dicta que no hay que dar todos los caprichos a los hijos. Una forma de educar, supongo.

Eras una niña alegre y habladora. Mucho. Por eso enseguida me di cuenta de que te pasaba algo. Ese pequeño saltamontes que revoloteaba siempre por casa, de repente, pasó a encerrarse en su habitación día y noche sin razón alguna. Mis preocupaciones crecieron cuando tu tutora me llamó para concertar una cita conmigo. Tú actitud había llegado a las aulas y también había tenido influencia en los resultados académicos.

Cariño mío, qué estúpida fui. ¿Qué más señales me podías dar? Te prometo que pensé de todo. Intenté averiguar a través de tus profesores cómo eran tus amistades. También te hice decenas de controles rutinarios en el médico por si se trataba de algo físico. Nada.

“Tu padre”, por llamarlo de alguna forma, no encontraba nada raro en tu actitud. “Estará madurando”, me decía. Yo dudaba mucho que una niña con nueve años pudiera madurar a un ritmo tan rápido.

Mientras yo pasaba noches en vela pensando qué podía pasar por tu pequeñita cabecita, él dormía. Así día tras día. No te lo voy a negar, su tranquilidad me llevó a pensar tras el paso de los meses, que esta sería una época más de la vida y que significaba que estabas cambiando. Te habías cansado de saltar en nuestra enorme cama, de bailar en la cocina mientras yo cocinaba, de jugar y de ver la tele. Te habías cansado de ser una niña.


Un día, tu “padre” tuvo una genial idea. “Tendremos otro bebé”. De este modo, me convencía, “habrá otro renacuajo dándonos alegría mientras vemos como nuestra pequeña se va convirtiendo en una mujer”. ¿Por qué no? Pensé. Me encantaban los niños y sabía que mi pequeña deseaba tener una hermanita o hermanito desde hacía muchos años. “Quizás eso le anime y le de más vida”. Pensé.

Aún puedo ver el miedo reflejado en tus ojos el día en el que te sentamos en el sofá del comedor. Te cogí de la mano y te lo dije. Ibas a tener una hermanita. Nunca en mi vida voy a olvidar la mirada que me lanzaste como una bala. Impactó directamente en mi corazón. Noté primero como nuestras manos empezaban a sudar, y luego, como los temblores invadieron tu cuerpo. Te abracé con todas mis fuerzas. “Estás nerviosa porque es lo que llevas esperando tanto tiempo cariño”, te susurré al oído. Mientras, yo me repetía a mi misma que no era verdad. Algo estaba pasando.

En cuanto él salió por la puerta de casa para ir a trabajar, te abracé con todas mis fuerzas. Empezamos a llorar, momentáneamente, creando la más amarga melodía. Te separé de mis brazos, te miré y asentí con la cabeza. Era el momento. Tenías que contar a la mamá lo que estaba pasando.
Nunca he podido olvidar esas palabras. Fueron las más duras que he escuchado en mi vida. El odio se apoderó de mi cuerpo y entonces fui yo la que empezó a temblar. Debía controlar mis impulsos, así que sin darle mayor importancia, te hice recoger tus cosas del armario mientras yo me hacía la maleta. Iríamos unos días a casa de los abuelos para que te recuperaras. Eso mismo te dije. No quería que te asustaras más.

Era un viaje sin vuelta. Emprendimos una aventura hacia la más absoluta oscuridad. Qué equivocada estaba, de nuevo. Aquel siete de agosto, sólo había verdes,  amarillos, rojos,  azules celestes…Y un blanco inmenso en el cielo. El de la libertad.

Perdóname.

Siempre tuya.

La mama.













viernes, 27 de mayo de 2016

Y entonces, encendió la luz

Cuando su mundo parecía estar apagado, ella encendió la luz.

No fue una decisión nada fácil. Ella llevaba tanto tiempo ahogada en la oscuridad que se acostumbró a ese color negro. Sus ojos atisbaban una realidad que ella creaba con su mente. En muchos momentos creyó tener claro que ese era su destino y que ese sería el camino a la más absoluta felicidad, pero ese pensamiento perdía fuerza en muchas ocasiones. Había una imagen que no podía llegar a descifrar nunca a través de su mente. Era la silueta de una persona que unos años atrás parecía ser ella y que de repente, perdió la identidad. No sabía quién era y no sabía la fuerza de su ser. No era consciente de que ella podía brillar más que nadie y de que su luz iluminaría el mundo.

Un día, decidió hacerlo. Puede que fuera por el cansancio, por la monotonía o quizás fuera por su ansia infinita de libertad. Lo hizo. Encendió la luz y se cegó, pero de una manera completamente distinta. La luz  le impactó directamente al rostro y le mostró una nueva realidad que hasta entonces desconocía. En ese mundo había colores, había sensaciones. Allí las sombras correspondían a personas y las personas eran fuentes de energía y felicidad. Cuando miraba al frente ya no veía un pasado oscuro,  sino un sendero repleto de caminos y unas piernas fuertes que le permitirían conquistar el mundo. Sin ataduras. Sin miedos. Sin pasado. Solo futuro. Cuando se miraba al espejo ya no veía el reflejo de un ayer sino la imagen de un mañana. Su “yo” más puro y verdadero. La persona que ella siempre había deseado ser.

Se armó de valor y empezó a dar los primeros pasos en este nuevo mundo soleado. Al principio el miedo le tambaleaba pero consiguió mantener el equilibrio. Fue en ese momento cuando empezó a distinguir con claridad a todas las personas que le habían acompañado durante su vida. Comprendió que su familia nunca fue una sombra y que existían amistades que traspasaban mundos.

En ocasiones, seguía teniendo miedo. Le aterraba cerrar los ojos porque esa sensación parecía devolverle a un mundo al que nunca debió haber correspondido. Pronto comprendió que esa oscuridad podía desaparecer de inmediato. Solo le bastaba con abrir los ojos para poder ver la realidad con todos sus colores. Para mirarse en el espejo y ver el reflejo de la joven que siempre había soñado ser y que ahora sería.

Comprendió que solo ella tenía la llave de su mañana y que sus decisiones serían la pluma con la que escribiría su destino.

Y entonces, cuando su mundo parecía estar apagado ella encendió la luz.

domingo, 7 de septiembre de 2014

Punto y final

Elena Trujillo

No hay peor despertar que el que se hace sin la luz del día deslumbrando nuestros ojos. Despertarse sin un amanecer aunque sea en la lejanía, es como avanzar en una línea de tiempo sin mover un solo paso del suelo. Como ver caer las hojas de un calendario que da paso a las diferentes estaciones del año mientras tú, sigues al abrigo de tu desconsuelo.

Todo en la vida tiene un punto y final y va precedido de un nuevo día. Sin puntos y a parte la vida no sería más que la repetición continua de una rutina infinita. Vivir significa subir a trenes y bajar en diferentes estaciones. Conocer cada día a nuevas personas que conformen una parte más de nuestro ser. Caer para después levantarnos. Empezar libros y no acabarlos. Despertar de los sueños más maravillosos. Vivir.

Muchas veces nos empeñamos en convertir nuestra vida en un laberinto infinito y todo, por ir cogidos de la mano del ayer. Un ayer que confunde nuestros pasos. Esa persona que aparece junto a nosotros en el reflejo de un espejo y gracias a la cual somos lo que somos, pero nunca más seremos.

Todo laberinto tiene su salida y la responsabilidad de encontrarla reside en nosotros. Lo único que tenemos que hacer es soltar de la mano a ese ayer que no nos deja fijar la mirada en el hoy. Recordemos que somos autosuficientes y que nos sobra una mano con la que podemos abrazarnos bien fuerte. Nunca olvidemos que no hay mejor compañero de viaje que nosotros mismos porque solo nosotros sabemos en qué momento parar para coger fuerzas.

La llave del retorno es nuestra. Debemos dibujar nuevas rutas, debemos colorear nuestros propios amaneceres.  Lo único que necesitamos es tiempo. Tiempo para caminar sin tambalearnos, sin echar la vista hacia atrás. Un tiempo que en algún momento puede parecer eterno pero que nunca lo es. Recordemos que los segundos pasan aunque nuestra vida parezca estar parada.

Un día amanecerás con un sol deslumbrante que te hará ver la vida con otros colores. Esa luz procederá de un final, la salida del laberinto en el que tanto tiempo llevas perdido.  Ese será el primer día en el que podrás dar dos pasos hacia atrás, pero no te equivoques, eso solo será para coger carrerilla hacia delante.

Porque no existen túneles sin salidas. Ni películas sin finales, Porque hasta las historias más intensas van precedidas de eso. Un punto y final.



miércoles, 27 de noviembre de 2013

Mi vacío eras tú

Hay algo dentro de mí que suena hueco. Una parte de mi ser incompleta. Tengo la sensación de tenerlo todo y a la vez de no tener nada. Malditas contradicciones. Me falta algo…

Siempre he sido feliz o por lo menos siempre he creído tener ese sentimiento.

Soy una persona muy popular. Tengo tantísimos amigos que ni siquiera los conozco.
Llamo la atención. Mis padres siempre me recuerdan que he heredado los rasgos exóticos de mi abuela, que aun siendo una fría ciudadana checa, desprendía un extraño calor y aroma español. Estoy seguro de mi mismo. Sí, quizás esa sea la razón por la que camino  con paso firme siempre. Dejo huella. Me arriesgo y caigo, pero me levanto y sigo mi camino.

Soy una persona extrovertida. Un minuto a mi lado puede ser suficiente para que te fascinen mis pensamientos o creencias, o para que pienses que estoy loco. Soy transparente y sincero. No me preguntes si no quieres que te conteste. Soy honesto. Confío en la verdad.

Amo la reciprocidad. No doy con el afán de recibir pero me gusta jugar al frontón. El efecto rebote. Me gusta mirar a los ojos y que me miren; a los ojos. No te fijes en mi apariencia, son solo ropajes. Mi yo está por dentro. 

Las personas que me miran, no me hablan. Las que me hablan, no están a mi lado en los momentos de decadencia. Tampoco en los felices. Todo el mundo cree conocerme cuando lo real es que no me conozco ni yo.

Todo ha cambiado ahora. Todo gracias a ti. Los sentimientos que viajaban en el andén de mi corazón ahora han sido liberados, se han puesto sus gafas de sol polarizadas y pueden mirar directamente al sol. Gracias a ti, he descubierto cuál era la pieza del puzzle que me faltaba. El “qué” con el que rellenar ese vacío.

Lo supe el primer día que te vi. Decidí entrar a esa tienda a la que nunca había entrado a comprar un regalo. Tú estabas detrás de aquel mostrador. Te pagué con tarjeta y me pediste el documento de identidad. Rutinas de seguridad. Ni si quiera me habías dirigido la mirada. Fue entonces cuando lo hiciste. Examinaste mi DNI y luego me miraste a mí, como hacen todos, siempre.  De repente, algo pasó. Bajaste la mirada, hasta la altura de mis ojos y esbozaste una gran sonrisa para decirme,  “¿Es que nadie te ha dicho que llevas un colador en la cabeza?”.

Tú, llenaste el vacío de mi vida con algo tan simple y a la vez tan complejo; el amor más sincero. 

Hannah, ¿Te casarías conmigo?






miércoles, 3 de julio de 2013

No olvides nunca lo que eres


 Puedes viajar al lugar más inhóspito del mundo y empezar una nueva vida pero nunca olvides tu hogar. La panadería en la que siempre has comprado, los vecinos a los que siempre has saludado. A ese tipo raro que se sentaba siempre en una esquina o a la señora que siempre te paraba a hablar en la calle y de la que nunca has sabido su nombre.





Puedes aprender idiomas nuevos pero nunca olvides ese dialecto indefinible de tu pueblo. Ese valenciano con castellanismos. Ese “mone va”. Ese i  avant”. Esas palabras que solo tú y los tuyos podéis descifrar.

Puedes probar comidas exóticas procedentes de otros lugares, pero nunca olvides la paella de tu padre de los domingos. El olor a coliflor de tu casa cuando tu madre se ponía “manos a la obra”. La sopa hirviendo que te ponían en la mesa en los días más calurosos de verano. La tortilla de patata con 10 huevos.




Puedes comprarte un apartamento adosado al lado de la playa con diseño “pin up”, pero nunca olvides tu casa. El olor de tu habitación. Los pósters de tus ídolos de la infancia que ahora te avergüenzan. Los peluches que reposan en tu cama y que dejabas en el escritorio todas las noches a la hora de dormir.

Puedes conocer a millones de personas que completen el puzzle de tu vida, pero nunca olvides a tus amigos de toda la vida. A esos con los que quedabas para jugar a fútbol al parque. A esas amigas con las que intercambiabas cartas de olor todas las tardes. A todos aquellos con los que has construido cabañas en el monte. A los que te las han destrozado. A las amigas con las que entraste en la primera discoteca. Con las que has disfrutado de tu juventud. De los botellones. De los primeros amores. De la vida.














Puedes ser independiente, valerte por ti misma, pero nunca olvides a tu familia. Las personas que te han dado la vida y que te han enseñado a ser feliz. A ser lo que eres. A los abuelos que te daban dinero a escondidas para comprarte chucherías. A esa abuela que te tapaba por las noches y que siempre te cocinaba tu plato favorito. El olor de tu madre. Los ronquidos de tu padre. Las disputas con tus hermanos mayores y también con los pequeños.



Puedes trabajar en un supermercado, en una óptica o en una tienda de ropa, pero nunca olvides tu sueño. Nunca olvides lo que has querido ser desde pequeña. Por lo que has luchado toda tu vida. Nunca te canses de pelear por lo que deseas y recuerda que siempre estamos a tiempo de cambiar la ruta de nuestro viaje. Si eres enfermero y no puedes trabajar de ello, ayuda a la gente de tu alrededor. Cura a los que más lo necesitan. Si eres maestro/a en el paro, educa a tus sobrinos, hijos o amigos. Enséñales cuán importante es aprender cada día de la vida. 

Si eres periodista nunca dejes de escribir. De comunicar.
De transmitir esperanza.
De demostrar el poder que tienen las palabras.
De hacer lo que amas.
De ser lo que eres.



Elena Trujillo







miércoles, 26 de junio de 2013

Ultramón

Aquell dia vaig sentir les forces per a fer-ho. Cóm? Encara no ho se, però ho vaig fer. Vaig entrar a la meua habitació, vaig obrir l’armari i vaig començar a pensar en tot allò que hem faria falta per començar una nova vida. Quina bogeria. On anava jo amb 21 anys i sense un duro a la butxaca a començar una nova vida?

Jo sabia que era el moment. Si, jo no podia escoltar a ma mare un altra volta plorant cada nit en el llit quan en teoria ningú podia escoltar-la. Que incrèdula, tot el món ho sabia, el que passava és que molts preferien mirar cap a altre costat. Aquesta pareix sempre una bona tàctica.

En un principi jo negava els meus pensaments. No volia acceptar la situació. Preferia crear el meu “ultramón” d’esperança i felicitat on tot el que entra ix solucionat. Jo preferia pensar que la vida son etapes i que les dificultats no són més que pedres que apareixen en el camí i que hem d’ aconseguir saltar. Jo se quin va ser el problema. La meua família va viure també durant una temporada en el meu “ultramón”, encara que ells van entendre que quan apareix una pedra en el camí n’hi ha que esquivar-la. Quan passem de llarg un problema i no parem conter en ell, als dos passos apareix un altre problema que ens recorda al primer.

Esquivar la realitat soles significa trobar-la més endavant, més forta, impossible d’esquivar. Això va passar als meus pares. De cop es van trobar amb un mur davant que no eren capaços de passar, de saltar. La vida els havia ficat a cop de vista la realitat i ara ja no els quedava més que assumir-la.

            Mamà sabia feia molt de temps que papa tenia un problema. Anar a jugar una vegada a la setmana amb els amics a les cartes no ho creava. Jugar les monedetes que li quedaven desprès de l’esmorçar a la màquina de “tragaperres” del “Bar Tio Paco” tampoc ho creava. Aparèixer dos de tres dies a la setmana a casa a altes hores de la nit amb cara de preocupació; si.




Papà era un ludòpata i aquest no era a soles el problema. Tot el diners que guanyava els perdia cada nit. L’excusa que li deia a ma mare era que, amb la crisis, els fusters no tenien importància en el sector. Eixes mentides recorrien el seu estomac cada dia. Ell sabia que estava entrant poc a poc en un túnel sense eixida i per il·luminar una mica el camí va pensar que el millor seria buscar una nova amistat que l’acompanyara. L’alcohol. Amb aquest la vida pareixia més fàcil i a més no es sentia culpable de destrossar la nostra família.

Cada vegada que tanque el ulls recordo el so del ascensor arribant a la nostra planta, el so de les claus apropant-se a la porta. Si entrava prompte significava que la cosa anava bé. Si estava un temps intentant obrint la porta, significava que era el moment de córrer. A mi mai m’alcançava. Mai ho va intentar. 
Mamà podia córrer tres hores sense descansar però al parar es trobava al seu costat a eixe home que ja no coneixia, amb olor a alcohol i amb un rostre diabòlic com el que veiem en les pel·lícules. -On està el sopar- cridava. Mamà li el guardava cada nit en el microones però per a ell no era suficient. - Estic tot el put dia treballant i he d’arribar a aquesta casa d’infern per menjar una merda de plat congelat?-.

Jo no volia escoltar més. Premia fort els meus dits contra les meues orelles i en eixe moment intentava pensar en altres coses. Esquivava les pedres, sense dubte, fins que un dia vaig decidir que ja hi havia prou. Hem vaig alçar del llit i vaig anar decidida a la cuina. En eixe moment desitjava tindre un germà major que m’agafés de la mà per a dir-me, “ves al llit petita, ja aniré jo”. Pero no, jo era filla única i com tal havia de fer alguna cosa per a aquesta família. Encara recordo aquella imatge. Ma mare plorant al costat del llepaplats i mon pare pegant-li en la cara molt fort mentre li insultava. Això es el que passava cada nit mentre jo hem tapava les orelles en el meu llit. - Deixa-la en pau-, vaig cridar.




Ja no recordo res més. Vaig caure al terra de cop. Mon pare no va controlar les seves forces i hem va tirar al terra tant fort que hem vaig colpejar directament amb el cap en el moble del entrador. Quan vaig obrir els ulls estava en el llit d’un hospital amb ma mare agafant-me de la mà amb força. - Ja ha passat tot filla meua- hem va xiuxiuejar.

            Aquell acte li va servir a mon pare per obrir els ulls. Aquell mateix dia, quan vam arribar a casa del hospital ell havia desaparegut i amb ell totes les seves pertinències. A soles va deixar una carta damunt de la cuina en la que ens demanava disculpes. “El monstre se’n va de casa”, va escriure.


Durant un temps vaig estar pensant que seria de la vida del meu pare. Jo l’odiava, clar que si, però em terroritzava vore en televisió una noticia d’un suïcidi, per que sabia que podia ser ell.
            Mamà treballava de netejadora. Ella era forta. Sabia que tenia que treballar més ja que papà ens havia deixat en el camí de la pobresa. Prompte vaig rebre una bona noticia. Hem va dir que un supermercat d’aquestos que estan oberts 24 hores al dia necessitava un reforç i que eixe seria ma mare, tres vegades a la setmana. Al principi hem va terroritzar l’idea. Primer, per que sempre m’ha paregut un treball perillós això de treballar de matinada y segon, per que tenia por, molta por de quedar-me sola en casa i d’escoltar eixe ascensor, les claus i els passos del que encara continuava sent el meu pare.




Això no va passar. Gràcies a Déu. Les coses pareixien que tornaven al seu cabal. Mamà treballava moltíssim y gràcies a ella teníem els diners suficients per a viure. L’únic és que feia molt de temps que no la veia somriure. Es més, moltes nits l’escoltava plorar en el seu llit. “Serà per que troba en falta al que encara pareix ser mon pare”, pensava.

 Cinc de Juny. Era l’aniversari de ma mare i volia fer-li una sorpresa. La matinà del quatre treballava així que vaig pensar en anar al supermercat a visitar-la amb un gran ram de roses. Mamà es mereixia això i molt més. Mai havia anat a un d’aquestos llocs de nit. Vaig entrar i vaig caminar una mica en busca de la reina del dia. No la trobava. Abans d’anar-me vaig preguntar a un xic que en aquell moment estava en caixa. Al preguntar per el nom de ma mare el xic es va sorprendre i amb un fil de veu hem va dir: “Anna va deixar de treballar ací fa dos mesos”. No ho podia creure. On estava mamà? On anava cada nit quan hem deia que s’anava a treballar? Mai en la vida m’he sentit tant confosa. No sabia que fer ni com actuar. “Crida-la”, vaig pensar. Una part de mi es moria per saber on estava ma mare, i l’altra s’escondia darrere del sofà amb por per conèixer la realitat.


Vaig marcar el seu número. L’espera per que agafara el telèfon va ser sense dubte la més llarga de la meua vida. Finalment el va agafar. -Dime carinyo, passe alguna cosa?-. -On estàs mamà?-, vaig preguntar. -En el treball amor meu, va tot bé? M’estàs preocupant-. -Estàs en el supermercat?-, vaig insistir. -Clar que sí, on vols que estigue a estes hores?-. Vaig explotar. -Això m’agradaria saber a mi, per que estic en el teu treball i m’acaben de dir que fa dos mesos que el vas deixar-. Silenci. Amarg silenci. Ràbia. Molta ràbia. Per que no hem contestava?. Hem pots explicar on estàs? Que està passant açí?.
-No et moguis, en 5 minuts vaig ahi i parlem-.
            
Per el meu cap van passar mil coses en aquells cinc minuts. Recordava els capítols de “Callejeros” i ja veia a ma mare en una carretera vestida amb alguna de les meus faldes parant als cotxes. També podia ser una ballarina de strip-tease. És fort, però preferia qualsevol de eixes opcions a la real.

Va treballar en aquell supermercat, “això es veritat”, hem va dir, però a soles van ser dos mesos, fins el dia en el que mon pare va aparèixer en busca d’esperança. Li va demanar a ma mare que tornara amb ell. Mamà va dir que sí sense pensar-lo. L’únic que els faltava era una tàctica per a que jo no m’enterara. Sabien que mai ho acceptaria.
 Van decidir que el millor era fer-me vore que mamà encara treballava i els diners que perdia al deixar el treball els pagaria mon pare, amb un “plus” per tot el mal fet a la nostra família. Tres dies a la setmana ma maria dormia amb el que encara pareixia ser el meu pare.
-En que ha canviat el monstre?-, li vaig preguntar. –No és un monstre, és el teu pare, filla-, va contestar. -Contiua bebent?-. -No massa-. -T’ha tornat a tocar?-. -No filla-. -Mamà no vull més mentides-. Mamà va sospirar i sense mirar-me als ulls hem va dir; “A soles a vegades, ja no es tan continu”. -Que no es tan continu? Com deixes que et toqui? Com pots estar amb ell?-, vaig cridar nerviosa. - L’estimo amor meu, i l’amor pot amb tot-.
            

Aquell dia vaig sentir les forces per a fer-lo. Cóm? Encara no ho se, però ho vaig fer. Vaig entrar a la meua habitació, vaig obrir l’armari i vaig començar a pensar tot el material que hem faria falta per començar una nova vida. Quina bogeria. On anava jo amb 21 anys i sense un duro a la butxaca a començar una nova vida?
            No mai havia sentit eixa soledat. Sentir que els que eren els teus pares ja no ho son. Son persones que t’han expulsat de la teua vida amb mentides. Han ficat pedres en el camí i no per després esquivar-les. Han creat un mural gegant per amagar-se de tu, per que saben que tu eres el més proper a la realitat.
Si, tenia 21 anys, però encara era una xiqueta que es tapava les orelles quan no volia escoltar. Encara tenia somnis de felicitat. Encara pensava que això no era més que un mal son i que qualsevol dia despertaria i tot tornarà a la normalitat. Papà mirant la televisió, i mamà llegint el best-seller del mes al meu costat. Quina felicitat i que lluny quedava de mi en aquell moment.
            - Amor, alça, que faràs tard al treball. – On està la xiqueta?. – Ja l’he portat a l’escola, però alça mamut, que no arribarem a treballar-, hem diu sonrient.
Mentre m’estic vestint en la meua casa de Iowa, en Estats Units, pense en el somni que he tingut esta nit. Sense dubte, un recordatori del que va ser la meua vida. Me mire al espill i encara veig a eixa xica de 21 anys amb les maletes en la mà, en l’aeroport esperant un avió que hem portara a algun lloc, molt lluny de casa. Iowa va a ser el destí. La meva amiga Diannah hem va acollir durant els primers mesos en la seva casa, fins que vaig trobar un treball. Fins que hem vaig enamorar. Fins que hem vaig casar. Fins que vaig tindre el millor regal del mon, la meua filla Paige.



Feia temps que no somiava en els meus pares, o en els que en teoria encara eren els meus pares. Ells no sabien res de mi, més que tres felicitacions per Nadal que vaig enviar els tres primers anys i una fotografia de Paige quan va fer el primer mes.
            
Ací vaig crear el meu “ultramón”. Ara m’adone que vaig fer això del que hem queixava de la meva família; esquivar tots els obstàcles. En aquell moment vaig agafar el que quedava de la meua vida i vaig pujar a un avió. De vegades encara recorde aquella frase de ma mare quan hem deia “ Filla meua, l’amor pot amb tot”.  Mentida, mamà, l’amor no és més que un sentiment que vola per l’aire i que ens aporta felicitat. Extrema felicitat. Ell no té poder; clar que no, el poder sempre està en nosaltres.
Mai en la vida li diré eixa frase a Paige, a soles li recordaré que ella pot amb tot i que no hi ha en el mon res que li pugui tallar les ales. Li recordaré quan important es afrontar els problemes i lluitar contra tot el que para el nostre caminar en la vida. Li recordaré que no podem córrer quan escoltem l’arribada de l’ascensor, el so de les claus en la serradura.

Si, tinc 36 anys, però encara soc una xiqueta que es tapa les orelles quan no vol escoltar. Encara tinc somnis de felicitat. Encara pense que açó no es més que un mal son i que qualsevol dia despertaré i tot tornarà a la normalitat. Papà jugant amb Paige, mamà llegint el best-seller del mes al meu costat i el meu marit de la meva mà mirant l’escena. Quina felicitat i que difícil resulta seguint somiant amb l’amargura de pensar que vaig abandonar als que en teoria encara son els meus pares.




Elena Trujillo Pons